Estas imágenes dan cuenta del encuentro entre Julián y el archivo que el grupo teatral Yuyachkani dispone ante el público a la entrada de Sin título, técnica mixta, montaje que desde el 2004 interroga la construcción de la memoria histórica nacional. El archivo invita a sumergirnos en recortes periodísticos, fotografías, libros escolares, imágenes artísticas y otros documentos, antes de entrar a la sala donde la acción escénica se desarrolla. El montaje entero confronta la Guerra del Pacífico (1873-1889) y el Conflicto Armado Interno (1980-2000), dos guerras que definen al Perú republicano y revelan la historia de las fracturas del país. Memorial es una serie de fotocopias marcadas por la manipulación manual de cada documento. Trazos, descomposiciones, arrugas, deslizamientos, veladuras, degradación del grano, fragmentos, inversiones, doble exposición. El título envía directamente al proceso de establecer ciertas cosas –eventos, personajes, símbolos- como aquello que define nuestra historia compartida, pero esta serie indaga sobre la relación entre las imágenes de guerra y las formas concretas que han asumido dos clases muy distintas de abstracciones sociales: los símbolos nacionales y el dinero. Los primeros pierden su forma rápidamente, desfigurando los límites del espacio mental donde el Perú se ha representado a través de su historia; el segundo hace su entrada hacia la mitad del recorrido –donde Túpac Amaru mide fuerzas con el dólar- para luego saturar el espacio entero del papel. “El dinero fue inventado para que las personas no tengan que mirarse a los ojos” (Godard, Film Socialisme), así como los símbolos patrios buscan asegurar la permanencia de la comunidad imaginada. En ambos casos se trata de una función de desconocimiento, es decir, de lograr que, por encima de lo que vemos y percibimos directamente, aparezca un espacio ideal donde toda contradicción quede resuelta. El mapa –que aquí representa menos la realidad geográfica que ese espacio representacional donde introducimos ficciones- y los billetes –como reemplazo cotidiano del mapa que pone a la mano esas mismas ficciones- nos enseñan a no tener que mirar la descomposición de los lazos sociales que ambas guerras han producido. Aquello de lo que, por cierto, todo el resto de la serie se ocupa. Entre el mito nacional y su forma dineraria aparecen imágenes que definen lo que debemos desconocer para sostener la ficción de un país sin fracturas. Buena parte de los documentos aluden a nuestra guerra más reciente, señalando que el establecimiento de las narraciones oficiales y su imaginería, donde héroes y villanos se reconocen como tal, es un proceso que marca nuestro presente. Una disputa que permanece inconclusa –probablemente nunca se detenga del todo- pero que, para muchos, no está ocurriendo realmente. Sin embargo, en el centro de la serie Fujimori y Abimael aparecen como dos personificaciones de la guerra, donde se confrontan menos como contradicción que como síntesis. Uno y otro, a fin de cuentas, apuntaron a convertirse en el rostro de la nación, a ser impresos en billetes que nos permitan no mirarnos a los ojos. El problema que Memorial enfrenta –al igual que el montaje de Yuyachkani- consiste en cómo imaginar una salida al atolladero simbólico en el que nos encontramos. Una salida que supere esas formas sociales del desconocimiento –emblemas, dinero- y asuma las contradicciones que compartimos. Acaso lo único que realmente compartimos. Mijail Mitrovic
Memorial

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